El libro perdido

 Cuando me levanté por la mañana, aun adormecido por las sábanas, recordé la conversación que tuve ayer con mi padre sobre un escrito de Ribeyro. Discutíamos si aquel texto donde el peruano hablaba de los tipos de lectores y de los libros se encontraba en su obra “la caza sutil” o en su recopilatorio “prosas apátridas”. Convencido de haberlo leído hace unos años, me levanté directo hacia mi pequeña biblioteca, y moviendo pilas de libros comencé a buscar mi ejemplar. En una primera búsqueda no lo encontré, entonces comencé a releer cuidadosamente los títulos de los libros que estaba sacando y que había ordenado tan solo unas semanas atrás. Recordé que mientras ordenaba la biblioteca no había visto aquel ejemplar de Ribeyro, pero displicente del recuerdo insistí ordenando nuevamente todos los libros de mi colección, para darme con la sorpresa de su desaparición. Confundido, salí a la sala a buscar entre los libros de mi madre; grandes, voluminosos, de muchas páginas y tapas coloridas, pero tampoco estaba. Entre al cuarto de mi hermana, al de visitas, al armario, incluso a los baños, pero no estaba. Entonces lo acepté. Me han robado, dije, me han robado. En mi propia casa, en mi propio espacio. ¿Pero quién? ¿Quién sería tan infeliz como para robarme un libro? Y ¿por qué solo uno? Entonces me entró la duda, quizás son más, quizás el ladrón se ha llevado varias obras y no lo he notado debido a mi vicio de siempre adquirir muchos libros más. Volví a la biblioteca y procedí a desordenar todo lo que me había tomado horas armar semanas atrás. Haciendo un inventario mental comencé a recordar aquellas obras que más me habían gustado, las que efectivamente había leído y que tenían mayor valor. La desesperación me llevó a delirar. No encontraba “el túnel”, maldito seas ladrón de libros, pero luego lo encontré. No encontraba “crónica de una muerta anunciada” en su primera edición, ojalá mueras ladrón de libros, pero luego lo encontré. Poco a poco, como teniendo todo el tiempo del mundo, pase mi mañana ordenando libros y actualizando el inventario mental, la conclusión fue solo una: me lo habían robado, solo ese, solo prosas apátridas. ¿Por qué? ¿Cuál sería el móvil de tan desalmado rufián? ¿Por qué robarme un solo libro? ¿Por qué aquel, sin ningún valor patrimonial? No lo entendía. No tenía ningún valor económico, no estaba firmado, no era una edición especial, el único valor que tenía era uno subjetivo: era mío. Llevaba mis apuntes, mi delineado, mi subrayado. Derrotado, me recliné en el sofá pensando en el libro, en los momentos que lo había leído, recordando sus trazos y apuntes, y su linda portada. Cuando mi hermana llegó a casa, me encontró en ese mismo sofá. Le conté mi pesar e incluso la acusé -entre bromas- de ser la autora del crimen, esperando una confesión sincera. Pero no lo fue. Por el contrario, con total indiferencia me sugirió comprar un nuevo ejemplar en la feria del libro. ¿Un nuevo ejemplar? repetí. Jamás será el mismo. Jamás será mi libro, el que me robaron, el que me sustrajeron y que, al parecer, ya no volverá. El dolor que siento no será aliviado con la compra de otro ejemplar, pues dentro de mí sé que no es el mismo libro, es algo con lo que solo me tocará vivir. Después del almuerzo, mi mente fue asimilando lentamente esta pérdida e, inevitablemente, al caer la noche, ya me encontraba caminando con zozobra en dirección a la librería. 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

¿Vale la pena vivir la vida?

La última vez

Privilegios