La última vez
La última vez que Rubén vio a Nina fue la más especial de todas. Fueron al cine muy temprano, antes de iniciada la noche, y coincidentemente al que estaba a pocas cuadras del departamento de Rubén. Él no lo propuso por tener alguna intención procaz con ella, pero sí para evitarse un largo camino de regreso a casa. No había pensado en que harían después al momento de proponer la cita, pero cuando estaban caminando fuera del cine saliendo de la película, se dio cuenta que era inevitable, y dentro de él era lo que realmente quería. Entonces tácitamente encontraron rumbo mientras seguían conversando. Llegado a su departamento ambos tomaron un distanciamiento leve, sentados en el pequeño sofá mientras charlaban. Primero sobre la película, luego sobre el cine en general, los actores, los directores, los premios; luego la cultura, las relaciones sociales, amorosas, hasta terminar en la política, siempre terminaban en política. Mientras la escuchaba, Rubén no dejaba de contemplar su rostro, tan fino, tan tierno, muy parecido al que lo había impactado muchos años atrás, cuando aun siendo un niño la había visto por primera vez. Nina hablaba siempre con pasión, pero divertida, sonriendo, despreocupada de usar las palabras correctas con él.
—No sé si me miras así porque me escuchas con atención o porque estás disociando – le dijo ella riendo.
—La verdad es que ambas, pero estoy disociando con lo linda que eres.
Nina se rio. Desde que era una niña pequeña sabía que era hermosa, se lo habían dicho toda su vida, pero en su interior no se sentía tanto así.
—Ay ya vas a comenzar.
—Es verdad, eres la niña más hermosa de este mundo.
—¿Por qué los hombres siempre dicen eso? Yo no dejo de ver mujeres hermosas por todos lados, claro que sé que no soy “la más hermosa”.
—¿Donde?
—En todos lados. Mis amigas, por ejemplo, son preciosas. Las amigas de mi hermana igual. No es por nada, pero todas las chicas con las que frecuento son hermosas. Incluso algunas más que yo.
—Puede que tengas razón —dijo él, luego dio un largo sorbo a su cerveza—. Es verdad, las mujeres hermosas abundan en este mundo, y sabes, nunca dejarán de existir, lo que es lo mejor de todo.
—¿Ves? Todo eso es un montón de floro. Ustedes siempre se van a quedar con la que le parezca la más bella, de hecho, es lo que más les importa.
Rubén sonreía rendido.
—¿Y a ustedes no?
—Pues no. Ósea, lógicamente que nos dejamos guiar por su apariencia, es lo primero que vez en una persona, pero no nos enamoramos del hombre más guapo, sino del que nos genere ese algo especial, ese lugar de que todo está bien.
—Es cierto, las mujeres son demasiado generosas con nosotros. Si para estar con ustedes nuestra belleza debiera corresponder a la suya, probablemente la mitad de la población masculina mundial seguiría soltera.
Ambos se rieron.
—Pero no es solo eso —continúo— al menos no para mí. He tenido la suerte de estar con algunas mujeres hermosas, algunas bastante hermosas, y curiosamente aquellas que se decían ser las más bellas eran las que no tenían nada más que una cara bonita y un cuerpo fastuoso. Claro que era importante y fue el paso de inicio a la atracción, pero estoy convencido de que no te puedes enamorar de eso, sabes. Tarde o temprano llegará el día que estés conversando con tus amigos, tomando unas cervezas, y te pregunten que es lo que más te gusta de tu novia, y te darás cuenta de cuan triste respuesta es decir que solo su belleza. Aquello que solo ves cuando está, pero no cuando la extrañas, cuando la piensas, o cuando conversan y discuten sobre la vida y sobre el futuro.
Ahora ella era quien lo escuchaba, concentrada y atenta, con sus pequeños ojos cafés bien abiertos.
—Por supuesto que es importante, pero lamentablemente cuando esa belleza es lo único que pueden ofrecer, al poco tiempo pierde su atractivo, y eso fue lo que me pasó.
Terminó de hablar con una sonrisa leve y vio aquellos labios pequeños más brillantes que nunca.
—Ya veo.
—Hasta que te conocí a ti.
Ella giró los ojos mientras soltaba su risa.
—Deja de hablar baba— le respondió, empujando su hombro.
Rubén se rio.
—Lo digo en serio. Si alguien me preguntase que es lo que más me gusta de ti, tardaría horas en terminar de contestar.
—¿Ah sí? Dime entonces qué es lo que más te gusta de mí, que tiempo me sobra—dijo sonriente acercándose un poco más.
Rubén dio un largo respiro.
—Pues me encanta tu inteligencia, tu forma de hablar, de expresarte, de armar tus ideas. Tu manera de escuchar y de pensar. Me encanta tu sensibilidad con las personas, tus ganas de ayudar y tu empatía con los demás. Me fascina tu personalidad, tu confianza personal, tu estilo al vestirte, tan único, la seguridad con la que hablas de ti, de lo que te gusta, de tu familia, de tu fe. Me encanta que sepas tantas cosas que yo ignoro, que hayas leído tanto, y que escribas deliciosamente bien, tus poemas, tus crónicas, tus historias. Me encanta que sepas de la cultura de medio oriente, que sepas de cine y de literatura. Me encanta que hayas visto miles de películas que yo no. Me encanta que te guste bailar, y me encanta cuando lo haces conmigo. Me encanta que te guste salir y caminar y tener largas charlas de cualquier cosa. Me encanta que te guste la cerveza, el vino, la ginebra y que odies el ron, a pesar de que a mí me guste. Me fascina que siempre tengas nuevas metas, nuevas ideas y que siempre quieras seguir aprendiendo. Me encanta quién eres, y me encanta que, además de todo eso, seas preciosa, la más preciosa. Que tengas unos ojos pequeños y dulces, tan hermosos. Que tengas una nariz tan delicada, tan perfecta. Que tengas unas mejillas redondas y adorables. Que tengas esa piel canela tan rica, tan suave. Que tengas esa risa contagiosa y esa sonrisa tan tierna, tan inefable. Y para cerrar, que tengas ese cuerpo tan sensual, tan menudo y compacto, tan curvo, que despierta en mí los más profundos deseos de amarte. Me encanta todo eso y quizás tanto más.
Ella no dejaba de mirarlo sonriente.
—¿Me pase de la hora? — agregó él.
Ambos rieron.
—Eres un chico muy lindo— le dijo mirándolo a los ojos, pasando lentamente su suave mano por su rostro.
—Lo sé, pero los chicos lindos usualmente no nos quedamos con las niñas de nuestros sueños.
Ella sonrió, luego ambos se acercaron lo suficiente como para dejar chocar sus labios y envolverse en un solo ser. Por esos segundos serían solo uno, y lo continuaron siendo cuando, sin perder la unión, él se levantó con ella en brazos y caminado la llevo hasta la habitación. Echados en la cama se dejaron guiar por sus deseos y una vez más hicieron el amor, aunque de manera distinta, más lenta, más pausada, como disfrutando cada instante del mismo, como vacilando si sería la última vez.
Después de unos minutos, él descansaba sobre sus senos, rendido, y ella, mirando la oscuridad de la luminaria, acariciaba su cabeza, pasando lentamente los dedos por sus cabellos. Respiraban lento. Entonces ella lo miró a los ojos, y a pesar de la oscuridad, pudo distinguir el color café oscuro que ella misma reconocía en sus propias pupilas.
—¿Tú crees que volvamos a estar juntos? — le preguntó.
Él levanto la cabeza y mirando su semblante supo que lo decía en serio.
—¿Te refieres a una relación en el futuro?
—Sí. Me refiero a si crees que esto volvería a pasar, a darse. Ya sabes, cuando todo haya cambiado.
—Sinceramente, espero que sí— le respondió sonriendo.
Ella levantó la mirada nuevamente por unos segundos. La luminaria seguía ahí, apagada, oscura.
—Yo creo que no —sentenció, mientras acariciaba suavemente su cabeza de arriba hacia abajo—. Creo que te vas a enamorar de nuevo, de otra chica. Sería lo normal.
—No lo creo. No creo que nadie me haga sentir esto.
Ella no respondió, pero su mirada seguía perdida en el cielo oscuro.
—Crees que te miento, ¿no? Eso solo podría pasar si te alejas, si me dejas, si me sueltas la mano. Y si eso pasa, igual el destino lo hará también contigo, y mucho más fácil. Estoy seguro que debes tener decenas de hombres rendidos por ti, esperando el momento para acercarse.
—No creo. Deben estar ahí, pero ninguno me querrá como soy, ninguno querrá comprarse este pleito.
Ella bajo la mirada y lo encontró, paciente, impotente, observándola tristemente.
—Pero está bien. Así son las cosas, y la verdad es que no me preocupa.
—Te quiero mucho. Con todo el corazón.
Ella sonrió en silencio y no volvió a decir nada más. Solo puso sus manos en ambas mejillas y lo volvió a besar.
A las pocas horas Rubén despertó alterado. El calor de la habitación lo tenía sudando, incomodo, pegajoso. Volvió a su derecha, pero ella ya no estaba ahí. De inmediato se incorporó y caminó por el departamento aún oscuro, ambientado con los cantos de las aves matutinas de los domingos, pero no la encontró. De vuelta a la cama no logró conciliar el sueño, pero se mantuvo quieto, inmóvil, mirando el techo, como si acaso estuviera durmiendo.
Nina se rio. Desde que era una niña pequeña sabía que era hermosa, se lo habían dicho toda su vida, pero en su interior no se sentía tanto así.
—Ay ya vas a comenzar.
—Es verdad, eres la niña más hermosa de este mundo.
—¿Por qué los hombres siempre dicen eso? Yo no dejo de ver mujeres hermosas por todos lados, claro que sé que no soy “la más hermosa”.
—¿Donde?
—En todos lados. Mis amigas, por ejemplo, son preciosas. Las amigas de mi hermana igual. No es por nada, pero todas las chicas con las que frecuento son hermosas. Incluso algunas más que yo.
—Puede que tengas razón —dijo él, luego dio un largo sorbo a su cerveza—. Es verdad, las mujeres hermosas abundan en este mundo, y sabes, nunca dejarán de existir, lo que es lo mejor de todo.
—¿Ves? Todo eso es un montón de floro. Ustedes siempre se van a quedar con la que le parezca la más bella, de hecho, es lo que más les importa.
Rubén sonreía rendido.
—¿Y a ustedes no?
—Pues no. Ósea, lógicamente que nos dejamos guiar por su apariencia, es lo primero que vez en una persona, pero no nos enamoramos del hombre más guapo, sino del que nos genere ese algo especial, ese lugar de que todo está bien.
—Es cierto, las mujeres son demasiado generosas con nosotros. Si para estar con ustedes nuestra belleza debiera corresponder a la suya, probablemente la mitad de la población masculina mundial seguiría soltera.
Ambos se rieron.
—Pero no es solo eso —continúo— al menos no para mí. He tenido la suerte de estar con algunas mujeres hermosas, algunas bastante hermosas, y curiosamente aquellas que se decían ser las más bellas eran las que no tenían nada más que una cara bonita y un cuerpo fastuoso. Claro que era importante y fue el paso de inicio a la atracción, pero estoy convencido de que no te puedes enamorar de eso, sabes. Tarde o temprano llegará el día que estés conversando con tus amigos, tomando unas cervezas, y te pregunten que es lo que más te gusta de tu novia, y te darás cuenta de cuan triste respuesta es decir que solo su belleza. Aquello que solo ves cuando está, pero no cuando la extrañas, cuando la piensas, o cuando conversan y discuten sobre la vida y sobre el futuro.
Ahora ella era quien lo escuchaba, concentrada y atenta, con sus pequeños ojos cafés bien abiertos.
—Por supuesto que es importante, pero lamentablemente cuando esa belleza es lo único que pueden ofrecer, al poco tiempo pierde su atractivo, y eso fue lo que me pasó.
Terminó de hablar con una sonrisa leve y vio aquellos labios pequeños más brillantes que nunca.
—Ya veo.
—Hasta que te conocí a ti.
Ella giró los ojos mientras soltaba su risa.
—Deja de hablar baba— le respondió, empujando su hombro.
Rubén se rio.
—Lo digo en serio. Si alguien me preguntase que es lo que más me gusta de ti, tardaría horas en terminar de contestar.
—¿Ah sí? Dime entonces qué es lo que más te gusta de mí, que tiempo me sobra—dijo sonriente acercándose un poco más.
Rubén dio un largo respiro.
—Pues me encanta tu inteligencia, tu forma de hablar, de expresarte, de armar tus ideas. Tu manera de escuchar y de pensar. Me encanta tu sensibilidad con las personas, tus ganas de ayudar y tu empatía con los demás. Me fascina tu personalidad, tu confianza personal, tu estilo al vestirte, tan único, la seguridad con la que hablas de ti, de lo que te gusta, de tu familia, de tu fe. Me encanta que sepas tantas cosas que yo ignoro, que hayas leído tanto, y que escribas deliciosamente bien, tus poemas, tus crónicas, tus historias. Me encanta que sepas de la cultura de medio oriente, que sepas de cine y de literatura. Me encanta que hayas visto miles de películas que yo no. Me encanta que te guste bailar, y me encanta cuando lo haces conmigo. Me encanta que te guste salir y caminar y tener largas charlas de cualquier cosa. Me encanta que te guste la cerveza, el vino, la ginebra y que odies el ron, a pesar de que a mí me guste. Me fascina que siempre tengas nuevas metas, nuevas ideas y que siempre quieras seguir aprendiendo. Me encanta quién eres, y me encanta que, además de todo eso, seas preciosa, la más preciosa. Que tengas unos ojos pequeños y dulces, tan hermosos. Que tengas una nariz tan delicada, tan perfecta. Que tengas unas mejillas redondas y adorables. Que tengas esa piel canela tan rica, tan suave. Que tengas esa risa contagiosa y esa sonrisa tan tierna, tan inefable. Y para cerrar, que tengas ese cuerpo tan sensual, tan menudo y compacto, tan curvo, que despierta en mí los más profundos deseos de amarte. Me encanta todo eso y quizás tanto más.
Ella no dejaba de mirarlo sonriente.
—¿Me pase de la hora? — agregó él.
Ambos rieron.
—Eres un chico muy lindo— le dijo mirándolo a los ojos, pasando lentamente su suave mano por su rostro.
—Lo sé, pero los chicos lindos usualmente no nos quedamos con las niñas de nuestros sueños.
Ella sonrió, luego ambos se acercaron lo suficiente como para dejar chocar sus labios y envolverse en un solo ser. Por esos segundos serían solo uno, y lo continuaron siendo cuando, sin perder la unión, él se levantó con ella en brazos y caminado la llevo hasta la habitación. Echados en la cama se dejaron guiar por sus deseos y una vez más hicieron el amor, aunque de manera distinta, más lenta, más pausada, como disfrutando cada instante del mismo, como vacilando si sería la última vez.
Después de unos minutos, él descansaba sobre sus senos, rendido, y ella, mirando la oscuridad de la luminaria, acariciaba su cabeza, pasando lentamente los dedos por sus cabellos. Respiraban lento. Entonces ella lo miró a los ojos, y a pesar de la oscuridad, pudo distinguir el color café oscuro que ella misma reconocía en sus propias pupilas.
—¿Tú crees que volvamos a estar juntos? — le preguntó.
Él levanto la cabeza y mirando su semblante supo que lo decía en serio.
—¿Te refieres a una relación en el futuro?
—Sí. Me refiero a si crees que esto volvería a pasar, a darse. Ya sabes, cuando todo haya cambiado.
—Sinceramente, espero que sí— le respondió sonriendo.
Ella levantó la mirada nuevamente por unos segundos. La luminaria seguía ahí, apagada, oscura.
—Yo creo que no —sentenció, mientras acariciaba suavemente su cabeza de arriba hacia abajo—. Creo que te vas a enamorar de nuevo, de otra chica. Sería lo normal.
—No lo creo. No creo que nadie me haga sentir esto.
Ella no respondió, pero su mirada seguía perdida en el cielo oscuro.
—Crees que te miento, ¿no? Eso solo podría pasar si te alejas, si me dejas, si me sueltas la mano. Y si eso pasa, igual el destino lo hará también contigo, y mucho más fácil. Estoy seguro que debes tener decenas de hombres rendidos por ti, esperando el momento para acercarse.
—No creo. Deben estar ahí, pero ninguno me querrá como soy, ninguno querrá comprarse este pleito.
Ella bajo la mirada y lo encontró, paciente, impotente, observándola tristemente.
—Pero está bien. Así son las cosas, y la verdad es que no me preocupa.
—Te quiero mucho. Con todo el corazón.
Ella sonrió en silencio y no volvió a decir nada más. Solo puso sus manos en ambas mejillas y lo volvió a besar.
A las pocas horas Rubén despertó alterado. El calor de la habitación lo tenía sudando, incomodo, pegajoso. Volvió a su derecha, pero ella ya no estaba ahí. De inmediato se incorporó y caminó por el departamento aún oscuro, ambientado con los cantos de las aves matutinas de los domingos, pero no la encontró. De vuelta a la cama no logró conciliar el sueño, pero se mantuvo quieto, inmóvil, mirando el techo, como si acaso estuviera durmiendo.
Las semanas siguientes seguiría pensando en ella. Lo hacía especialmente antes de dormir, en ese momento del conticinio donde las ruedas de los autos se escuchan fuerte, pero los pensamientos aún más. También lo hacía al despertar, aún aturdido, sin recordar lo que había soñado, con el único deseo de voltear y encontrar su espalda desnuda, canela, reposando sobre el mismo colchón donde él descansaba. Curiosamente nunca soñaba con ella, solo la pensaba. De hecho, no soñaba con nada. Decía que había perdido esa habilidad, por ello, le sorprendió gratamente cuando un viernes por la noche, después de tomar algunas cervezas con amigos, regresó a casa y se quedó dormido en el sofá. En la oscuridad de sus pensamientos se vio de pronto caminando por una calle estrecha, desconocida, escoltada por frondosos árboles. También era de noche ahí, y mientras caminaba el alumbrado iba guiando su camino, como siguiendo el sendero. Al final de la cuadra se encontró con un edificio grande, ancho, imperial. El portero que aguardaba afuera lo invitó a pasar.
—Lo están esperando— le dijo.
En la recepción una mujer lo recibió. Era bastante mayor pero pequeña de tamaño.
—Sígame, por aquí.
Caminaron por luminosos pasillos interminables. Muchas personas caminaban con ellos, apuradas, llevando papeles de un lado para otro. Al final del recorrido se encontraba un gran salón rodeado de cámaras y computadores, con mucha gente alrededor. En el centro del mismo, estaba una mesa redonda iluminada, con dos mujeres sentadas conversando.
—Siéntese aquí— le indicó la mujer, señalando un silloncito de cuero.
Rubén se sentó y solo ahí percibió la fina lamina de vidrio que separaba su espacio con el de la mesa. Las dos mujeres seguían conversando, pero él no las escuchaba. A su alrededor, muchas personas estaban paradas y se movían lentamente, conversando entre ellas, ignorando su presencia. Todos llevaban auriculares en la cabeza. Solo cuando regresó la mirada fue que las reconoció bien. La mujer de la izquierda era una periodista muy conocida, de mediana edad, vestida de sastre, que miraba agudamente con quién conversaba. En la derecha estaba Nina, luminosa, maquillada, totalmente hermosa. Vestía una blusa celeste que cubría sus brazos y moldeaba sus pechos. Su cabello estaba bien sujeto, arreglado, liberando su rostro salvo por dos mechones que vacilaban a la altura de sus mejillas. Sus ojos estaban totalmente enfocados en la periodista y escuchaba paciente lo que esta le decía. Tras unos segundos, volvió a mover los labios, respondiendo nuevamente. Su ceño se fruncía ligeramente y movía los brazos de forma energética, vehemente, como si estuviera moldeando una idea que ella no quisiera entender.
—¿De qué están hablando? —preguntó Rubén al hombre que estaba parado a su costado.
Sin mirarlo, el hombre se quitó los auriculares y se los dio. Entonces él pudo escuchar su voz. Y a pesar de sentirla firme y sensata, por un segundo la supo tierna. En ese momento entendió que quizás no sería la última vez que iba a verla.
—Lo están esperando— le dijo.
En la recepción una mujer lo recibió. Era bastante mayor pero pequeña de tamaño.
—Sígame, por aquí.
Caminaron por luminosos pasillos interminables. Muchas personas caminaban con ellos, apuradas, llevando papeles de un lado para otro. Al final del recorrido se encontraba un gran salón rodeado de cámaras y computadores, con mucha gente alrededor. En el centro del mismo, estaba una mesa redonda iluminada, con dos mujeres sentadas conversando.
—Siéntese aquí— le indicó la mujer, señalando un silloncito de cuero.
Rubén se sentó y solo ahí percibió la fina lamina de vidrio que separaba su espacio con el de la mesa. Las dos mujeres seguían conversando, pero él no las escuchaba. A su alrededor, muchas personas estaban paradas y se movían lentamente, conversando entre ellas, ignorando su presencia. Todos llevaban auriculares en la cabeza. Solo cuando regresó la mirada fue que las reconoció bien. La mujer de la izquierda era una periodista muy conocida, de mediana edad, vestida de sastre, que miraba agudamente con quién conversaba. En la derecha estaba Nina, luminosa, maquillada, totalmente hermosa. Vestía una blusa celeste que cubría sus brazos y moldeaba sus pechos. Su cabello estaba bien sujeto, arreglado, liberando su rostro salvo por dos mechones que vacilaban a la altura de sus mejillas. Sus ojos estaban totalmente enfocados en la periodista y escuchaba paciente lo que esta le decía. Tras unos segundos, volvió a mover los labios, respondiendo nuevamente. Su ceño se fruncía ligeramente y movía los brazos de forma energética, vehemente, como si estuviera moldeando una idea que ella no quisiera entender.
—¿De qué están hablando? —preguntó Rubén al hombre que estaba parado a su costado.
Sin mirarlo, el hombre se quitó los auriculares y se los dio. Entonces él pudo escuchar su voz. Y a pesar de sentirla firme y sensata, por un segundo la supo tierna. En ese momento entendió que quizás no sería la última vez que iba a verla.
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