Privilegios
El día de hoy se realizó un paro de transportistas en Lima, como medida de protesta ante las diarias extorsiones y amenazas que sufren los choferes y cobradores del transporte público. La medida también se realizó ayer, y de hecho comenzó la a mitad de la semana pasada. Buses, cousters, combis, todos detuvieron sus rutas diarias y se agruparon por diferentes puntos de la ciudad, pacificamente, exigiendo una inmediata acción al gobierno central. La protesta generó una reacción cívica, pues al frenar el precario sistema de transporte limeño, se paraliza en gran parte el flujo de personas en la ciudad. Esto entorpece que los alumnos lleguen a clases, que los asalariados lleguen a las oficinas, que los obreros lleguen a su obra, y sucesivamente, frena la economía. Afecta a todos y de esa forma es que se vuelve efectiva. Pero hoy pensando, caigo en cuenta que esta medida no me afectó a mi en lo más mínimo. Caigo en cuenta que hace dos días, y también la semana pasada, he continuado llevando la vida con cierta normalidad. Es verdad que no uso el transporte público hace más de diez años, si no es como un esporádico paseo. Usualmente me muevo en taxis, aunque para mi vida más cotidiana uso la bicicleta o solo camino. Es por ello que he podido realizar mis actividades con total normalidad. He ido al gimnasio, a la oficina, al supermercado, al club, al cine. Me resulta curioso aunque después no tanto. Yo vivo en unos de los barrios más exclusivos de la ciudad. Tengo reuniones de trabajo en una oficina que me queda unos pocos kilometros. Y no necesito moverme mucho para encontrar una bodega, un supermercado, algunos restaurantes, alguna clínica o un lindo cine. Todo me queda relativamente cerca, de manera que si mañana todo el transporte del país parase por un mes, probablemente me enteraría recién pasadas algunas semanas, cuando por algún compromiso me vea obligado a pedir un taxi para cruzar la ciudad.
Yo sé que esto no es más que un privilegio. El hecho que una manifestación continua que afecta la economía del país me sea indiferente, es un privilegio. No es el único que tengo, de hecho, puedo decir que tengo varios. Privilegios económicos, culturales, sociales, educativos. Gran parte de mi vida los he venido gozando, y vaya que lo he hecho. Esto no ha hecho mi vida perfecta, ni mucho menos, tengo algunos varios defectos y muchos problemas que no se han solucionado con mis privilegios. Pero ello no me impide reconocerlos. Tengo privilegios, sí. Tengo una vida perfecta, no. Pero vivo bastante bien, eso sí. Tener esta misma reflexión sobre mis privilegios antes me resultaba bastante incomodo, así como seguro ocurre todavía con algunas personas. Creo que se debe la errada idea que reconocer privilegios conlleva a invalidar a quien los posee. Si fuera así, al reconocer un privilegio entonces deberiamos asumir que es inmerecido, que no hubo ningún esfuerzo para obtenerlo, que solamente fue heredado o regalado de manera aleatoria. Lo cierto es que un privilegio no es merecido o inmerecido, o justo ni injusto, solo es lo que es, un producto de muchos factores aleatorios unidos. Ello no quiere decir que no contenga un esfuerzo, algún sacrificio, un mérito, pero también contempla una dosis de azar. En mi caso, me queda claro que mis privilegios han sido heredados de un esfuerzo de mis padres. Ambos nacieron en posiciones mucho más desfavorables que yo, y supieron armar su camino para salir adelante. Con mucho esfuerzo y estudio. Ambos son excelentes profesionales, arduos trabajadores, y también personas con suerte. Yo gozo de mis privilegios en base a ese mérito ajeno, pues tuve padres que me pudieron mantener vivo, que me dieron techo, comida, y una educación de un buen nivel para poder armar mi camino. Esos privilegios, que parecen muchos, pueden ser bastante escasos. Es probable que algún hipotetico lector goce tambien de privilegios. No estariamos descubriendo nada al señalar que la mayoría del país goza de ciertos privilegios que una minoría no tiene. El contar con agua potable, el contar con luz, con señal de internet, con un hogar donde dormir, con una familia unida, con la posibilidad de estudiar, con comida en la mesa. Todos esos son privilegios, pues hay muchas familias que no tienen nada de eso asegurado y lo tienen que buscar día a día. Pero incluso estos últimos, los más trabajadores, que no tienen asegurado un plato de comida, tienen algún privilegio respecto de sus iguales que les tocó nacer en los países más olvidados del África, donde el solo hecho de alimentarte puede ser un privilegio.
Entonces todos contamos en mayor o menor medida con algunos pocos o muchos privilegios. La pregunta es que hacemos con ellos. Los negamos, los juzgamos, los razonamos, o solo los aceptamos. Quiero pensar que lo más útil es aceptarlos, entenderlos. De tal forma que vivamos siendo agradecidos, conscientes, y empatícos con los demás, con aquellos que son los más desdichados. De esa forma entiendo que vivo bien, que no es perfecto, pero bastante bien y soy agradecido por ello. Agradecido con un Dios, con la vida, con mis padres, con mis hermanos, con mis amigos, conmigo mismo. Agradecido de lo que tengo y de lo que no me falta, pero consciente de que hay otros que están mejor y mucho más que están peor. Entonces cuando entiendo que a mi no me afecta el paro de transportista, y que ni siquiera me molesta, solo puedo agradecer de esa dicha, de no llegar tarde al trabajo, de no tener que faltar a clases o perderme examenes, de no tener que privarme de ver a mis familiares y amigos. Pero si me pasase, y aún así me molestase, entiendo que es por una causa justa, que es por un reclamo noble.
Y entonces admito que al comienzo pensaba que no era urgente, que estabamos a tan pocos meses de un cambio de gobierno, que protestar por un cambio, por una acción era algo que podía esperar. Pero luego recuerdo que en mi cuadra no matan a nadie, y que no extorsionan a mis restaurantes, ni a los cines, ni a las tiendas de ropa ni a los concesionarios de autos. Entonces recuerdo estos privilegios, los agradezco.
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