En memoria del escritor peruano

    La semana pasada falleció Mario Vargas Llosa en Lima. Fue un evento que había imaginado tantas veces, de forma curiosa, pero que cuando finalmente llegó me desencajó como si nunca antes lo hubiera pensado. No tengo dudas que se trata de una pérdida invaluable para el mundo y especialmente para el Perú. No tengo dudas que fue un fantástico novelista, crítico pensador, y orgulloso peruano. 

Con su muerte culmina un fenómeno cultural iniciado en los años setenta que cambió el panorama de la literatura mundial. Publicó crónicas, columnas, ensayos, cuentos, guiones, teatro y decenas de novelas, entre las cuales descansan obras maestras que seguirán encontrando nuevos lectores hasta el final de los tiempos. Su obra trascendió las fronteras del español, siendo traducida a diversos idiomas, entre ellos el inglés y el francés, lenguas que dominaba perfectamente. Fue también un destacado académico e intelectual, miembro de la Real Academia Española, y también de la Academia Francesa, mérito que consiguió sin haber publicado en este idioma. En el 2010 recibió el Premio Nobel de Literatura por sus cartografías de los esquemas de poder, máximo galardón al que puede aspirar cualquier escritor vivo. 

No obstante, siendo escritor e intelectual, fue también un actor político que siempre participaba del debate público y que opinaba vehementemente sobre las principales problemáticas sociales, políticas, económicas y culturales. En en el Perú, nunca llegó a ocupar cargo público, aunque en 1990 buscó la Presidencia de la República, perdiendo en segunda vuelta contra un entonces desconocido de apellido Fujimori. Tras ese mal paso, el escritor no volvió a tentar el poder político, y calificó de accidentada su participación en las elecciones nacionales, como si hubiese sido forzado por las circunstancias a salvar a un país que no quería ser salvado y que lo liberó de una aparente responsabilidad que le permitió retomar su carrera literaria e intelectual. Retomaría también su rol de actor político en la oposición, defendiendo ideas y movimientos, respaldando partidos políticos, promoviendo candidatos, contradiciéndose, equivocándose. 

Es esta faceta del escritor la que genera tanto resquemor en algunos peruanos, quienes no desaprovechan su muerte para recordar sus errores y condenarlo como mala persona, como un gran resentido, como hombre soberbio, escritor sobrestimado, e incluso, como pésimo peruano. Estos adversarios aparecen desde ambas trincheras del arcaico espectro político peruano. Lo condena cierto sector de la derecha conservadora, que aún no supera su rol como opositor al fujimorismo y semblante de algunas causas nobles progresistas. Pienso por ejemplo en el reciente artículo de Aldo Mariátegui, condenando al Nobel por su respaldo político a Ollanta Humala durante las elecciones presidenciales del año 2011, lo cual, según el columnista, generó preocupaciones colosales en los pocos peruanos pensantes que entonces se oponían al supuesto régimen chavista. 

Lo condena también un sector de la izquierda populista, que durante mucho tiempo lo consideró un aliado de lucha. Serían fuertemente decepcionados cuando el escritor cambió el discurso político que venía sosteniendo durante reiteradas elecciones presidenciales. La razón fue claramente Pedro Castillo, un improvisado profesor cajamarquino, que arropado por un partido político trasnochado sorprendió a todos obteniendo la mayoría de los votos en la primera vuelta electoral. El escritor, 85 años entonces, cambió de narrativa y desde Madrid recomendó a los peruanos a votar por la hija de Fujimori como su presidenta, algo que la izquierda peruana nunca le perdonó. Pienso por ejemplo en la reciente columna de César Hildebrandt, donde no olvida su simpatía por Margaret Thatcher, su eventual respaldo a Keiko Fujimori y Jair Bolsonaro, y su venia tácita ante los graves abusos de Dina Boluarte.

Entiendo que esto sea así. Entiendo que el escritor, tan importante, tan trascendente, llegara a fallar la expectativa de muchos de sus compatriotas, apasionados políticos, que buscaban su respaldo en causas que consideraban nobles. No le perdonan el haber virado, el cambiar de posición, el opinar desde afuera, el equivocarse, el contradecirse. Quizás, piensan ellos, que siendo un genio con las letras debía ser también ser un genio en la política, un gurú dentro del debate público, un mesías ante los grandes problemas del Perú. Quizás olvidaron que también los genios son de carne y hueso: que también olvidan, que también critican, que odian, perdonan, y se equivocan.

En mi caso elijo recordarlo así, como creo que la historia lo terminará haciendo, como un brillante narrador que dio un aporte invaluable para la literatura mundial. Como un excelente orador y columnista, como un intelectual de primer orden. No olvidando sus errores, sus contradicciones, pero entendiendo que siendo un brillante artista era también un triste humano como todos nosotros. Elijo perdonar esos errores políticos, siempre presentes entre conciudadanos, esas declaraciones polémicas, esos silencios incómodos. Prefiero recordarlo haciendo lo que mejor hacía: escribiendo.

Cuando pase el tiempo, será un orgullo recordar que aquel destacado escritor nació en el Perú. No solo eso, escribió sobre el Perú, pensó sobre los dilemas del Perú, sobre sus historias, sobre sus costumbres, sobre sus problemas. Ese recuerdo es el que vivirá por siempre, y cuando en muchos años la política siga tan bursátil e insaciable como siempre, nadie recordará a que candidato apoyaba, a que causa se unía, a cual partido elegía; pero sí recordaremos sus grandes historias, sus entrañables personajes, y pasearemos por la Calle Porta, por la Avenida Tacna, por el Parque Salazar, por Puerto Eten, por el Amazonas, por el Perú.  


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