Tres viejos sueños
Durante la primera parte de mi vida tuve tres grandes sueños que quise cumplir pero que no pude concretar. El primero de ellos fue ser jugador profesional de fútbol. Recuerdo que con pocos años de edad ya disfrutaba corriendo detrás de una pelota. Jugaba en los jardines, en los parques, en los estacionamientos, básicamente en cualquier espacio rectangular que con un poco de imaginación pudiese transformarse en una cancha de futbol. La primera vez que tuve este sueño fue durante mis primeros años de colegio. Recuerdo jugar al futbol durante todos los recreos en una pequeña cancha de losa y concreto, ubicada en el patio trasero de la vieja escuela evangélica a la que asistía. Junto a esa cancha pequeña se encontraba el gran auditorio de colegio con grandes e imponentes portones de madera. Muy probablemente fue en esa cancha donde aprendí lo poco que sé jugar al futbol. Aprendí a patear el balón con la cara interna del pie, a recibir pases, a usar los muros como cómplices para eludir rivales, a hacer algunos amagues, a defender la pelota y a gritar goles. Sin embargo, desde un primer momento me di cuenta que yo no era el mejor jugando al futbol. No destacaba entre los otros niños. Tenía compañeros de mi misma edad, quizás aún más pequeños, más delgados, mas escuálidos, con mayor talento y técnica al momento de pisar la pelota y llevarla entre rivales al arco contrario. Este hecho sería el que eventualmente terminaría con este sueño. No lo sabía. En ese momento solo me importaba jugar futbol, me encantaba. Gozaba cuando podía estar dentro del campo concentrado en el juego, sufriendo desesperadamente cuando íbamos perdiendo, y disfrutando cada segundo cuando íbamos ganando. Pero definitivamente, la mejor sensación era la inmediatamente después de patear el balón y convertir el disparo en gol. El nivel de euforia y alegría que sentía en ese momento era indescriptible, incomparable. Las pocas veces que lograba encajar un gol, no podía dejar de sonreír mientras lo celebraba y recibía el cariño de mis amigos. Esos pocos segundos de celebración se sentían como años de placer. En aquel entonces, cuando volvía a casa después del colegio, imaginaba mi futuro como jugador profesional de futbol. Mi aspiración más grande, sin duda, era jugar en la selección peruana de fútbol. Cuando lo pienso ahora, años después, me resulta curioso haber tenido ese sueño considerando el ambiente de donde venía. En mi casa nadie veía futbol, nadie alentaba por algún equipo del torneo local o del extranjero, nadie iba al estadio los domingos, ni se organizaban parrillas o comidas con amigos para ver partidos de futbol. Estoy seguro que nadie en mi casa veía o siquiera sabía de la existencia de la Copa Libertadores, mucho menos de la Champions League. Recuerdo que las únicas veces en las que se ponía futbol en el televisor era durante la Copa Mundial de Futbol, un evento que reúne hasta a los más ateos a gozar de la devoción del futbol. Algunas pocas veces, también veíamos partidos de la selección nacional de fútbol. El panorama no era alentador, pues la selección no era buena y solo generaba los gritos e insultos de mi familia frente al televisor. Todos en casa despotricaban y renegaban frente a los jugadores peruanos, como en una especie de catarsis patriótica, como si se lamentaran de su realidad, de su identidad reflejada en un partido de futbol. Pero eso a mi no me afectaba. Por más que no entendiera porque nadie en casa quería que la selección triunfara, a mi eso me daba igual, yo sí quería que ganarán, amaba a la selección, me identificaba. Sufría con sus derrotas y deseaba genuinamente que ganará, que le fuera bien, bastante bien. Deseaba con todas mis fuerzas ver a mi selección jugando un mundial y haciendo una buena participación. De lo poco que se hablaba en casa de futbol, recuerdo a mi padre contarme muchas veces sobre aquella mágica selección que clasificó a la Copa Mundial de 1970. Cuanta nostalgia veía en sus ojos cuando recordaba aquel singular equipo que en la última fecha de las eliminatorias dejaría sin cupo a la selección argentina en Buenos Aires, equipo que pocos años después se coronaría como campeón del mundo. Esos recuerdos eran solo historia. Yo soñaba cambiar ello, jugando en el estadio nacional de Lima contra las mejores selecciones, representando a mi país, anotando varios goles, siendo figura. Lógicamente eso nunca pasó, ni pasará. De regreso a aquella cancha de losa y concreto, vi como los años pasaban y con ellos comprendí que mi talento era escaso para jugar al futbol profesional. Cada año que pasaba, los jugadores talentosos se volvían más buenos, más rápidos, más habilidosos, más fuertes; y los regulares nos manteníamos igual de regulares. Cuando me cambiaron brevemente del colegio evangélico a uno católico, la cancha de losa y concreto cambió por una cancha de césped real. Fue en esa segunda cancha que finalmente entendí, aún bastante joven, que jugar al futbol profesionalmente no era para mi. Jamás iba a poder ser un jugador profesional si ni siquiera era el mejor jugador de mi escuela. Además no jugaba fuera de la escuela, no entrenaba ni iba a alguna academia, ni siquiera pertenecía a un club de fútbol. Acepté esa derrota con humildad, entendiendo la situación y no culpándome por mi carente talento, al final, el talento nato nos es dado por gracia divina y no podemos hacer nada al respecto. A pesar de ello no deje de amar el futbol, por el contrario lo amé mucho más. Como si me hubiese librado de una especie de presión, pude jugar libre, suelto, sin ningún peso en cima, aceptando mi rol como un aficionado y apasionado espectador.
Mi segundo gran sueño fue ser una estrella de rock. No era ser músico, ni compositor, ni multinstrumentista, ni cantante, yo quería ser específicamente una estrella de rock. Claro que ello conllevaba ser algunas de las anteriores, y poco a poco me daría cuenta que también quería componer mis propias canciones y tocar instrumentos, pero sobre todas las cosas quería estar en un escenario con una banda de rock. Este sueño nació en mi adolescencia, cuando iniciaba la secundaria. Ya consciente de mis limitaciones deportivas, fui afianzando otros pasatiempos que no involucraran necesariamente un esfuerzo físico, es ahí donde apareció la música. Mi primer acercamiento real con la música fue familiar. Recuerdo escuchar la música que estaba de moda durante mi temprana juventud que no era otra que la primera ola del reggaeton, conocido ahora como de vieja escuela. También se escuchaba mucho pop en inglés, principalmente de artistas estadounidenses o canadienses, y algunas canciones de hip-hop. Durante mi temprana juventud yo seguía estos géneros musicales, sin embargo, entrado ya en la secundaria mis gustos girarían drásticamente al descubrir el rock en inglés y luego en español. No recuerdo con exactitud que fue lo primero que escuché, pero sí recuerdo que la primera banda que me cautivó fue Guns n Roses. Coincidentemente, uno de mis tíos, hermano de mi madre, era fiel fan de esa banda. En las paredes de su habitación tenía cuadros con los miembros de la banda, y entre sus posesiones más valiosas se encontraban algunos cds y videos de conciertos de ellos. Cuando se enteró de mi interés por Guns n Roses, me enseñó sus canciones favoritas y me compartió los videos de los conciertos para verlos en mi habitación. Nuevamente, de plena coincidencia, en aquel colegio evangélico donde continúe mi secundaria descubrí que un grupo de mis amigos también disfrutaban escuchando a Guns n Roses, pero también otras bandas más pesadas o ruidosas como Metallica, Megadeth, Aerosmith, Nirvana, entre otras. Fue así que, con incentivo de mis amigos, fui investigando e indagando en esta música en inglés que tanto me encantaba. Poco a poco, armamos un buen grupo de jovenes que escuchaban todo el día bandas extranjeras de rock que se habían hecho muy famosas varias décadas antes de nuestros propios nacimientos. Recuerdo que lo que más me gustaba de estas bandas, además de la música, era su energía en el escenario, su actitud retadora y confiada frente a los demás, su estilo descuidado, rebelde, sus vestimentas -pantalones de cuero, casacas de cuero, camisetas con estampados raros-, sus excesos -consumo de cigarrillos, las botellas de whisky, etc. Eso era lo que me llamaba tanto, esa esencia que tenían y que les permitía hacer lo que quisieran, sin dejar de ser amados por cientos de miles, sino millones, de personas alrededor del mundo. Con el pasar de los meses, compartíamos más y más música entre mis amigos del colegio, pero ello no era suficiente para cumplir mi sueño. Yo quería estar en el escenario, cantando y tocando, siendo aclamado por multitudes, haciendo lo que se me plazca sin consecuencia alguna. Fue así como empecé mi afición por no solo escuchar la música, sino en tocarla. Yo sabía que no podía cantar, no tenía una voz particularmente melódica, y sentía mucha vergüenza al cantar en público. Preferí entonces dedicarme a un instrumento, donde mi desempeño no entraba en el campo de la subjetividad melódica, pero sí al de la técnica y de la correcta ejecución. Debido a la influencia rockera que tenía, la guitarra fue mi primera opción. Ese era el instrumento, después de la voz, que más resaltaba en cualquier banda de rock pesado, pues casi todas las canciones incluían solos de guitarra donde el guitarrista demostraba su técnica y versatilidad. Inicié entonces aprendiendo a tocar guitarra. Mi primera guitarra, recuerdo, me la compró mi madre como regalo de navidad. Era una guitarra acústica de color rojo oscuro. Aprendí a tocarla no gracias al colegio, porque las clase de música era terrible, pero gracias al internet. Me volví un autodidacta, por primera vez en mi corta vida. Viendo videos aprendí a tocar acordes y con esos acordes posteriormente tocaría algunas canciones. Mis mejores amigos de ese colegio también tocaban la guitarra, pero mucho mejor que yo. Uno de ellos, Renzo, era un prodigio para los instrumentos. No solo la guitarra, la cual dominaba ya a muy temprana edad, sino que durante los siguientes años de secundaria sorprendería tocando también la batería y el bajo. Yo tomaría un rol secundario en mi grupo de amigos, dominando la guitarra muy básicamente. Sin embargo, mi experiencia con la música mutaría cuando repentinamente el colegio decidió cambiar al improvisado profesor de música que teníamos por uno medianamente mejor. No recuerdo su nombre ni su origen, pero aún recuerdo la forma de su rostro, era seria, trigueña, tácita, alegre a su manera. Durante su corta estadía en el colegio, la clase de música tornaría un giro importante. Aparentemente tenía la indicación del director del colegio de realizar una presentación para el evento de fin de año de alguna canción evangélica. Para ello, el profesor decidió separar a aquellos alumnos que tenían algún interés y talento musical, de aquellos que les interesaba poco o nada la clase de música. Cuando llegó el momento de hacer la decisión final recuerdo que traté de persuadir al profesor mencionando que yo sabía tocar guitarra y que estaba mejorando cada día. Recuerdo que me refutó precisando que habían muchos guitarristas en la escuela y que no tenía espacio para todos. Quizás en ese momento mi cara se hundió en mucha tristeza, no lo sé, pero el profesor prosiguió ofreciendo tocar el bajo en el grupo que estaba armando. Yo acepté de inmediato, a pesar de no tener ninguna idea de ese instrumento. Él me dijo que no me preocupara, que con la base de la guitarra iba a ser mucho más fácil. Y así fue. En cuestión de semanas estaba aprendiendo a tocar el bajo eléctrico, aceptando un rol secundario -pues el bajista no tiene la misma relevancia que el guitarrista- pero aún así siendo parte de la agrupación. Practicaba mucho en casa usando las últimas cuerdas de mi guitarra acústica, pero, al no ser la misma experiencia, le pedí a mi padre que me compre un bajo eléctrico como regalo de mi cumpleaños. Recuerdo que fuimos juntos al centro de la ciudad a buscar aquel anhelado bajo que finalmente tendría. Durante muchas semanas practicamos hasta que finalmente nos presentamos en el evento de fin de año frente a un público lleno de profesores, padres de familia, y otros invitados que se reunieron para escuchar nuestra breve presentación. Al año siguiente cambiarían de profesor pero la dinámica continuaría. Este segundo profesor era mucho más joven, huancaíno, con una barba negra estilo chivo. Era muy amable y despreocupado al enseñar y en sus clases nos dedicábamos a escuchar música y tocar libremente los instrumentos, mientras que los otros alumnos desinteresados por el tema hacían tareas de otras materias o simplemente perdían el tiempo. La dinámica se repitió y en ese segundo año también nos presentamos en la ceremonia de fin de año del colegio. Tocamos una canción evangélica nuevamente, por pedido del director, pero también tuvimos la oportunidad de tocar una canción de Guns n Roses: "don't cry" lo cual resultó en una felicidad infinita para mi y mis amigos. Yo me sentía más cómodo con el bajo, ya me era más familiar su sonido y podía identificarlo con facilidad en todas las canciones que escuchaba, algo que antes me parecía imposible. Sin embargo, el tiempo siguió pasando y con ello llegó el fin de la etapa escolar y el momento de decidir el destino de mi vida por los próximos años. En base a la aspiraciones lógicas de mi familia, debía elegir una carrera universitaria y estudiar. A mis 15 años, tuve que definir que iba a estudiar. Presionado analice la música como una posibilidad. Lo cierto es que tanto estudiar música como hacer una carrera musical en el Perú era una completa locura. Era algo que solo se le daban a muy pocas excepciones generacionales. Yo sabía que si le decía a mis padres que la carrera elegida para estudiar era música, me iban a confrontar continuamente. Y también sabía que yo no tenía el talento o la virtud suficiente como para utilizar esta importante oportunidad para estudiar música. Es cierto que en ese entonces había mejorado mucho mi habilidad con el bajo y con la guitarra, pero aún así no me sentía suficiente dotado como para dedicar mi vida a la música. Al final, iba a tener que vivir de ello y conseguir dinero a través de ello. Una vez más recurrí a la trágica comparación, y puede ver como otros amigos tenían un talento nato y a mi misma edad eran mucho más dotados en la guitarra, en el bajo y dominaban otro instrumento como el piano o la batería, algunos incluso también cantaban. Me gustaba escuchar música e investigar sobre bandas y cantantes, sobre discos y canciones, sobre géneros y movimientos culturales. Podía estar todo el día conversando sobre música, pero la realidad es que no era propiamente un músico, yo nunca había escrito una canción, no tenía una banda, no era lo suficientemente bueno. Cuando por fin decidí sopesar al respecto me di cuenta de esa realidad. Esta carencia de talento se vio más reflejada cuando analicé mi plan alternativo. Si no puedo vivir de hacer música, de cantar mis canciones, de tocar con mi banda, quizás puedo vivir indirectamente de la música. Quizá puedo ser productor musical, o quizás puedo ser solo instrumentista y dedicarme a tocar o grabar con artistas independientes. Claramente esta idea no resistió más de un día en mi cabeza, ligado al segundo motivo por el cual mi sueño claudicó: el país en el que nací. En el Perú, estudiar música es lo más cercano a estudiar filosofía o sociología. No existe un mercado para los músicos, la industria musical resulta pobre y escasa. El peruano por defecto prefiere consumir música internacional, extranjera, antes que la creada en su propio país. Música en inglés de Estados Unidos o Canadá y en español de cantantes urbanos de Puerto Rico, México, Argentina o Chile. Son contados con las manos los artistas peruanos con influencia internacional. Nacer aquí definitivamente me limitaba una vida musical, y mi sueño era ser una estrella, viajar por todo el mundo con mi banda, tocando en diferentes ciudades del mundo, con fans coreando nuestros nombres, algo que parecía reservado solo para los músicos nacidos en los Estados Unidos. Toda esta suma de factores externos y culturales, me hicieron entender que este segundo sueño debía mantenerse así, un sueño. No tenía el talento prodigio de un Mozart, tocando el piano con cinco años o siendo multinstrumentalista, tampoco tenía una prodigiosa voz ni una facilidad para crear armonías y componer canciones. Es decir, amaba la música, pero la música no me amaba tanto a mi. Entonces, condenado a trabajar de mi pasión en un país del tercer mundo donde dedicarse al arte es un casi suicidio, decidí pasar por alto y asumir mi destino lejos de la música y de los escenarios, por lo menos a tiempo completo, manteniendo como un pasatiempo recurrente. Es cierto que, una vez superado este sueño, y ya estudiando derecho en la universidad, coquetee nuevamente con la posibilidad de dedicarme a la música, cuando conocí buenos amigos que compartían esta misma pasión. Ahora, con mayor disponibilidad de tiempo, mayor capacidad adquisitiva y acceso a sustancias estimulantes, nos juntábamos a tocar temas de nuestras bandas favoritas. Poco a poco nacería la improvisación y de ella, temas propios. Temas compuestos y escritos producto de un esfuerzo continuo de creatividad e inspiración. Esos meses serían muy felices. Posteriormente, mientras el tiempo pasaba y las obligaciones académicas y laborales se hacían cada vez más frustrantes, comprendimos que ello no dejaba de ser más que eso, un pasatiempo, un divertimento, una actividad que llenaba el alma temporalmente antes de volver a la realidad de nuestra vida ordinaria. Así fue como acabó este segundo sueño.
Ya en la universidad, cursando los últimos semestres de la carrera de derecho, tuve un tercer sueño: convertirme en escritor. Un abogado en cierta manera es también un escritor, escribe alegatos, cartas, escritos, demandas, contratos y hasta correos electrónicos. Pero yo quería ser un escritor de verdad, uno que escribe cuentos, novelas, ensayos, crónicas, críticas, o columnas, y que además vive de ello, de lo que escribe. Nunca antes me había tentado esa posibilidad hasta que comencé a leer literatura de autores latinoamericanos que escribían en mi mismo idioma, y al igual que con la música, sentí cercanía y sentí amor por nuestra historia y por nuestra identidad. Ya no lo veía ajeno ni lejano, comprendía que era posible escribir y cantar en mi idioma, con mis palabras, con mis jergas y modismos y aún así ser reconocido. Fue recién en la universidad que leí con detenimiento a Bryce, a Vargas Llosa y a Ribeyro. Leí a Cortazar, a Benedetti y a Borges. Leí también a García Márquez a Sábato y a Galeano. Sin embargo, una cosa es leer y otra distinta es escribir, narrar, contar historias. Siendo así, en plena pandemia por el COVID decidí inscribirme en un taller de narrativa para principiantes. El profesor no era otro que Alonso Cueto, escritor peruano que yo sinceramente no conocía pero que había resaltado con novelas laureadas por sus colegas escritores, además de ser un recurrente columnista de un diario tradicional e importante de Lima. Las clases fueron geniales. Nunca olvidaré que en la primera de esas clases le pregunté a Alonso sobre el pudor en la narración de historias. Antes de escribir cualquier cosa bajo una técnica, yo había recopilado algunas ideas o borradores que me resultaban interesantes pero que giraban sobre la misma temática. Un hombre joven, soltero, nacido en Lima, viviendo solo en un departamento y teniendo aventuras con algunas mujeres jóvenes también. Naturalmente, ese hombre joven estaba inspirado en mi, y sus aventuras en mis vivencias, en mis deseos, y en mi imaginación. Le pregunté a Alonso sobre ello, sobre el pudor, y sobre si era posible escribir algo que fuera ajeno a ti, totalmente imaginario, que no estuviera basado o inspirado en ningún momento particular de tu vida, con el objetivo de que ningún lector pueda indagar sobre la inspiración de ese escrito. Él me respondió cándidamente diciendo que además de ser muy difícil ese no era el verdadero objetivo de la literatura. Por el contrario, el escritor escribía definitivamente sobre él o ella, sobre su pensamiento, sobre sus vivencias, sus historias y sus deseos. El escritor se desnudaba frente a su audiencia, de algunas formas mejor que de otras. Todos los personajes forman parte de uno mismo, tienen algo de ti o de una persona que el escritor conoce o cree conocer. Y esa forma de escribir estaba totalmente bien. De esa manera entendí que un escritor no debía tener pudor y que debía usarlo como una herramienta para enmarcar sus historias, abrazando lo aprendido y lo vivido, enamorándose de sus personajes. El taller fue genial pero pasó volando. Solo nos reuníamos una vez a la semana pero teníamos suficiente tiempo para repasar conceptos, leer cuentos y poder llevar algún escrito adicional. Fue durante ese taller que escribí mis primeros cuentos. Uno de ellos lo tuve que presentar en el taller ante Alonso y mis compañeros. Era un cuento corto, de menos de dos mil palabras. Trataba de un alter ego mio que recibía un regalo sorpresa sin remitente en la puerta de su casa. El cuento se llamó "el presente" y fue bien acogido por mis compañeros. Cuando acabó el taller, decidí inscribirme en el siguiente taller de nivel avanzado. Si bien fue bastante divertido e interesante, sentí que en este segundo taller el contenido teórico y técnico disminuyo para dar prioridad al lado práctico del taller, donde todos escuchábamos los textos preparados por los demás compañeros. En tal sentido, el taller giró a ser un club de lectura. Preparé un segundo cuento para este taller, en donde me enfoqué en el uso de diálogos más largos y elaborados. El cuanto trataba sobre la relación de un hombre joven con su abuelo y se llamó "papá Hugo". Recuerdo que recibí varios comentarios positivos de mis compañeros, algunos de ellos realmente impresionados y rendidos por el texto. Una vez terminado el taller recibí algunas propuestas de compañeros para formar parte de otros clubes de lectura y de narrativa, donde pudiéramos compartir nuestros textos y bosquejos. Tuve que rechazar las propuestas, pues me encontraba redactando mi tesis de abogado, la cual consumía casi la totalidad de mi tiempo en el día. Después de esas experiencias, decidí continuar mi camino de escritor por mi cuenta, escribiendo muy esporádicamente y leyendo cuentos, novelas, crónicas, y columnas de diversos escritores. Sin embargo, el tiempo pasaba y mis obligaciones laborales crecían, entonces me di cuenta que iba a ser difícil ser escritor, pues no consiste solo en escribir sino en publicar lo escrito y en ser leído. Nuevamente, estando en un país donde el hábito de leer es cada vez más escaso, me di cuenta que realmente se trataba más de un sueño que de un proyecto real. Mi sueño poco a poco se fue aterrizando, y con el pasar del tiempo lo relegué dentro de este baúl de ideas locas que iniciaron en mi temprana infancia.
Al día de hoy, no pude cumplir con ninguno de estos tres grandes sueños. Aunque ahora, mientras escribo esta columna, me doy cuenta que en realidad eran solo un mismo sueño. Yo no quería ser realmente futbolista, ni músico, ni escritor, lo que yo quería era ser un artista. Un artista hecho y derecho. Como el futbolista, que recibe el balón entre sus pies y con una velocidad precisa regatea rivales mientras se hace camino, que inventa jugadas que ya visualizó antes en la mente, y que con dos golpes al balón hace que todos los espectadores se levanten del asiento, o de su sillón en casa, y puedan soltar el grito de gol. Un artista, como el rockero que viaja por el mundo y se presenta en grandes estadios y canta, y toca la guitarra, y baila y salta, y hace que los fans viajen del campo a la ciudad, desde países cercanos o lejanos para, por unas horas, compartir el mismo espacio con él y poder cantar y disfrutar de su música. Como el escritor, que desde su escritorio imagina y fabula las más encantadoras historias de amor que logran conmover al lector y que cuando termina la obra queda tocado, perplejo, con un vacío emocional que solo te deja la literatura. Todos esos oficios eran lo que yo quería ser, un artista, una persona que vive del gozo, del generar sentimientos y emociones en los demás, que se enfoca en lo más importante de la vida que es el arte, la expresión de lo más bello, de la felicidad, de la tristeza, del amor, de la risa, y del placer. Quizás eso es lo que siempre quise ser, un artista, para sentirme vivo, para sentirme útil, para sentirme completo. Y es que no hay sentido una vida sin arte, ¿o sí? concuerdo más aún ahora con Sartre cuando, comentando la obra más importante de Camus, mencionaba que la obra de arte no es sino una hoja arrancada de la vida. Debo pensar que esas hojas aún permanecen en mi vida, y quizás más pronto que nunca, saldrán de ahí definitivamente.
Miami, 11 de diciembre de 2024
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