Van Gogh en Lima: Una experiencia inmersivamente superflua

  Hace unos días estando en casa, recibí una invitación para asistir a una exhibición de arte sobre Vincent Van Gogh, que casualmente había llegado por unas semanas a la ciudad. Al parecer se trataba de una especie de tour artístico que recorría el mundo mostrando la vida y obra del pintor neerlandés. Su último destino había sido la ciudad de Nueva York, donde no le había ido tan bien en taquilla, para posteriormente aterrizar en la capital peruana.

Asistí puntual a la exposición, curiosamente en uno de los auditorios de la ciudad deportiva más emblemática de la ciudad. Ni bien llegado a la exposición, noté que las condiciones del ambiente no eran similares a las de ningún museo de su especie. En las afueras del recinto había un área de recreación con mesas, sillas, bares y negocios de comida rápida. Considerables grupos de personas estaban en dichas mesas, charlando y bebiendo unas cervezas. Ciertamente no parecían estar hablando de la experiencia que acababan de vivir dentro de la exhibición.

No pretendo hacer de esta una crónica puntillosa de lo que vi y sentí, pues considero que sería extremadamente aburrido para cualquier lector. Me limitaré a mencionar que tras dar mis primeros pasos dentro del recinto pude descubrir que lo que estaba por presenciar no era: ni una exposición de obras de arte, ni mucho menos una exposición de las obras de Van Gogh. 

No bien entrar a la primera habitación comprobé que el objetivo de dicha exhibición era pasear por habitaciones curiosamente decoradas con elementos y artículos provenientes de pinturas de Van Gogh. Por ejemplo, esta primera pieza estaba decorada con diversos girasoles tanto en floreros como en las paredes, incluso formando un marco de girasoles con la silueta del país. Todo esto en referencia al famoso cuadro 'Los girasoles' del pinto neerlandés.  

La segunda habitación no contenía ninguna referencia a algún cuadro del pintor, pero nos presentaba diversos paneles luminosos con citas textuales de cartas que Vincent envió durante varios años a su hermano Theo. Mediante dichas citas la exhibición pretende desarrollar la historia del pintor desde su nacimiento hasta su trágico suicido en 1890. Puedo decir que ciertamente no cumplió con su objetivo, pues al finalizar el recorrido no quedaba claro para los lectores qué es lo que cronológicamente pasó en la vida del artista. 

El plato de fondo de esta experiencia está en la última habitación. Esta es significativamente mucho más amplia que las demás, casi como un gran salón. Todas las paredes del salón, incluido el techo y el suelo, están cubiertas por una especie de tela especial que reflejan videos con distintas obras del pintor neerlandés. En un determinado momento del video –por el cual las personas llegan a esperar casi veinte minutos– se llega a posar sobre todas las pantallas de la habitación aquel fabuloso color azulado del cielo de 'La noche estrellada' obra maestra del pintor. En ese preciso instante, como si existiera una fuerza superior que se los ordenará, todos los asistentes sacan sus celulares e inmortalizan el momento con fotos o videos. En efecto, en esos pocos segundos que podemos observar los distintos colores que embellecen el cuadro, podemos sentirnos que formamos parte del mismo. Podemos sentir que estamos dentro de la noche estrellada. Podemos ver con mucho detalle el trazo del pincel con oleo sobre el lienzo del artista.

Al salir de la exhibición, una media hora después de haber ingresado, fui a tomar una cerveza helada en una de las mesas ya vacías. No puedo decir que me sentí estafado, pues las entradas fueron una cortesía. Tampoco puedo decir que se trate de un caso de publicidad engañosa, pues sinceramente no investigué sobre qué trataba específicamente la exhibición antes de asistir. Sí puedo decir que, en mi opinión, no vale la pena pagar entre 50 y 80 dólares para ver habitaciones decoradas, leer citas que puedes encontrar navegando en Internet, y tomar fotos en una habitación decorada por pantallas verdes.

Lo más positivo de la exhibición fue que me dejó una interesante reflexión para el regreso a casa. Resulta bastante curioso que un pintor tan talentoso, cuyas obran maestras están recaudadas en los más renombrados museos de Nueva York, Paris, Amsterdam o Londres, con valores exhorbitantes llegando a cientos de millones de dólares, haya muerto en la miseria. Mas aún, resulta curioso que haya sido casi instigado al suicido por una sociedad excluyente, por una élite que no lo comprendía, que lo discriminaba, que lo menospreciaba. 

Curiosamente, Van Gogh murió en la modestia, en el casi anonimato, con ni un cuarto de fama de lo que sus obras tienen el día de hoy en todo el mundo. Me preguntaba manejando de regreso a casa, ¿qué hubiera pensado Van Gogh? ¿Habrá pasado por su cabeza como uno de sus pensamientos, antes de disparar aquel revolver contra su pecho, que sus obras serían reconocidas mundialmente posteriormente a su muerte? ¿Se habrá imaginado en algún viaje onírico que 130 años después de su muerte, en un pueblito sudamericano a miles de kilómetros de su natal Zundert, habría una exhibición lucrativa basada en representaciones de sus obras? 

Resulta paradójico, cuando menos anecdótico, que el brillante pintor se haya suicido en la miseria, mientras que muchos años después su nombre, sus obras, su arte esté generando millones de dólares a personas que probablemente ni conoció. 

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