Ocho de Marzo
Cada año reflexiono más acerca del día internacional de la mujer, y hoy no fue la excepción. Con la facilidad de información disponible, tanto en medios digitales como tradicionales, siento que no existe una excusa válida. En unos cuantos minutos nos podemos enterar de los más precisos detalles sobre la historia de esta conmemoración: desde su gestación en los Estados Unidos, su masificación en Dinamarca, su institucionalización dentro de la Unión Soviética, y su posterior reconocimiento por la ONU.
Fecha conmemorativa de una lucha social que aún no ha acabado hoy en día. Una lucha que sigue defendiendo los derechos de miles –sino millones– de mujeres que aún en pleno cuarto de siglo XXI, siguen siendo subestimada y maltratadas en sociedades de oriente y de occidente. Sin duda, esta conmemoración es uno de los grandes goles que lograron anotar los partidos socialistas en todo el mundo.
Mi primer recuerdo de esta fecha se remonta a mi época de infante en el colegio. No fueron mis padres precisamente los que me hablaron de esto, sino los padres evangélicos, directores de la escuela donde cursaba, quienes nos reunían en el patio principal todos los ocho de marzo para hacer un pequeño evento conmemorativo de la lucha de las mujeres. Por supuesto, dicho evento estaba adaptado a los límites y márgenes de una institución evangélica, por lo que no escatimaban en resaltar el rol especial de la mujer dentro del plan de Dios, dentro de la familia cristiana: un papel de acompañante, de consejera, de esposa y de soporte espiritual. Nunca lo cuestioné, aunque en realidad ese discurso no penetraba en mi cabeza.
Pasaron los años. Derrumbado ya el colegio evangélico –por presuntas deudas sin pagar–, pase mis últimos años de secundaria en un colegio que más parecía reformatorio, aunque llevaba el nombre de una virgen y se jactaba de ser católico. En dicho centro se 'romantizaba' vulgarmente la conmemoración del ocho de marzo. Era una especie de extensión al día de la madre o el día de los enamorados. Cuando llegaba esa fecha, los niños de cada salón recordaban llevar unas monedas extras de propina para comprar un chocolate o una galleta como ofrenda a una niña por su día. Algunos otros, los que ya estaban de enamorados, contrataban servicios de reparto de flores –financiado por sus padres– para que un motorizado entrará en plena salón de clases con un ramo de rosas, e hiciera la innecesaria entrega del regalo amoroso para la niña designada. Esto generaba un foco de atención, lo cual hacía que las otras niñas gritaran de la emoción. Todo esto bajo la supervisión y anuencia de los profesores, quienes poco más y se prestaban a tocar el violín y repartir los chocolates.
Fue en mi tercer año cursando la Universidad –cuando uno está más cerca de los libros y del estudio y ya no tanto de las drogas y las fiestas– cuando entendí genuinamente, por primera vez, cual era el carácter social que busca conmemora aquella fecha tan manoseada.
–No es un día para festejar, ni para qué nos feliciten, ni para qué nos saluden, ni para qué nos den regalos o cariños. Es un día de reflexión, de conmemoración– nos decía Fernanda Ampuero, sentados en un círculo en el amplio pasto de los jardines de la universidad.
–¿Sería como una especie de semana santa?– pregunté aquella vez, inoportuno.
–Algo así– respondió ella, algo incómoda con mi pregunta–. Aunque ahora que lo pienso bien, sí es igual. Conmemoramos la lucha de tantas compañeras que ya no están, que incluso tuvieron que dar su vida por los derechos de los que gozamos hoy. Recordemos el via cruxis que sufrieron hasta llegar acá– dijo.
Cada año me hacía mucho más sentido. Realmente esta era la única fecha donde ellas podían hablar de su lucha, de las desigualdades que seguían sintiendo, que seguían viviendo. Así que tome la decisión de evitar hablar de ello. Cuando llegaba la fecha, evitaba hacer comentario alguno del tema, solo escuchaba, me informaba. Evidentemente, me era muy fácil cumplir con mi promesa. Dentro de los pocos amigos que tenía –la mayoría hombres– no se hablaba del tema, no se conmemoraba, ni se mencionaba. Era un día como cualquiera. Las pocas mujeres con las que interactuaba tampoco parecían mayormente interesadas.
Varios años pasaron desde esas épocas universitarias, y hasta hoy sigo sin saber cómo actuar en este día, aunque la situación ha cambiado. En mi casa actual viven principalmente mujeres –yo soy el único hombre– de diferentes edades y con diferentes personalidades. No bien me levanto, pienso en como actuar, si decirles algo, si sonreírles efusivamente, o si actuar como si fuera un día cualquiera, como quién se ha olvidado el cumpleaños.
Salgo de mi alcoba, bajo a la cocina y veo que no hay nadie despierta. Pienso en preparar el desayuno para ellas pero tal vez pueda ser considerado una forma de agasajo que no sea bien recibido. Así que desisto de mi idea y pienso en regresar a la cama hasta que alguna de ella prepare el desayuno.
Cuando estoy a mitad de la escalera, me doy cuenta de que esa alternativa es aún peor que la original, pues sería una falta de respeto el regresar a dormir y esperar encontrar mi desayuno bien servido en la mesa. Desisto de esa idea también. Después de unos minutos, aún petrificado en medio de la escalera, contemplo que el camino más pacífico y atinado es preparar yo mismo mi propio desayuno. Entonces bajo rápido y me sirvo un café americano, y saco unas cuentas tostadas y les unto mantequilla. Luego las como en silencio mientras disfruto la mañana.
La primera en bajar es Natalia. Tiene su mochila verde y está vestida con una falda y una blusa blanca. No bien llega a la cocina, me saluda con unos "Buenos Días" y me da un beso en la mejilla. Luego agarra una de mis tostadas y se va.
–Tengo clases a las nueve. Te quiero– alcanza a decirme, abriendo la puerta.
–Ten un buen día, cariño– alcanzo a responder, aunque no sé si mi respuesta se escucha pues aún tengo restos de tostada en mi boca.
La segunda en bajar es mi madre, con su cartera negra, con su vestido largo y sus lentes de sol que le hacen juego. Camina rápidamente hacia mí, que estoy dando un largo sorbo a mi taza de café.
–Buen día, hijo. Jorge me está esperando afuera para ir a la iglesia. Ya nos vemos mas tarde– me dice después de darme un beso, mientras camina hacia la puerta.
No logro responder a tiempo, pero le hago una seña con la mano. Prosigo comiendo en silencio, aunque siento que me han quitado un gran peso de encima. No las veré hasta dentro de unas horas, con suerte.
Una vez terminado mi desayuno, comienzo a lavar los utensilios y trastes que he usado, cuando escucho unas pasos por la escalera. Giró la vista y es Sofia, que aún está en bata y con sus sandalias de verano.
–Buenos días, mi amor– me dice bajando.
Se acerca a mí y le respondo con un largo beso. Luego le preguntó si quiere tomar desayuno.
–No tengo hambre aún, amor, en realidad me levanté por un poco de agua– dice.
Regreso a sentarme a la mesa mientras veo cómo se sirve agua de la dispensa. Me pongo algo nervioso. Sé que si quiero mencionar algo debe ser ahora, en este momento, no puedo mencionarlo a mitad del día o minutos antes de dormir, cuando estamos juntos en la cama.
–¿Pasa algo? – pregunta, al verme mirando al espacio, concentrado, discutiendo con mis pensamientos.
–No pasa nada, amor, todo bien– respondo velozmente–. ¿Qué tienes planeado para hoy?
–La verdad es que no sé– responde–. ¿Qué día es hoy?
–Martes ocho– le señalo.
Se queda dubitativa, pensando con el vaso de agua en la mano.
–Tal vez vaya a casa de mamá un rato– señala, mientras da el sorbo final a su vaso–. Creo que no va a trabajar hoy.
Sofia se sienta a mi costado y comienza a leer los diarios que están en la mesa. Nos quedamos ambos en silencio. Yo miro al espacio, a la nada, trato de hacer contacto visual pero cuando voy a encontrar su mirada la evito. Sé que ella sabe algo, sé que siente la tensión del ambiente, como si los dos quisiéramos hablar del tema pero no supiéramos como. Entonces me inspiro, me armo de valor, y pienso en dedicarle unas palabras sobre la importancia de las mujeres en la vida, sobre la importancia de ella en mi vida, sobre la importancia de todas las mujeres en mi vida. Me decido en compartirle mis pensamientos, mis reflexiones, mis críticas a la sociedad machista.
De repente cierra el periódico, voltea su mirada y la posa en mí. Como si hubiera recordado algo.
¿Y mi regalo?– me pregunta sonriente.
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